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Plaza Irlanda, Eduardo Muslip
Los Inrockuptibles, septiembre de 2005

La buena música es triste, dice Federico Monjeau, y después de leer Plaza Irlanda nos atrevemos a decir que la buena literatura también lo puede ser. Plaza Irlanda probablemente debe mucho a "El Aleph", pero eso no quita (o tal vez es precisamente por eso) que desplace al relato de Borges en tanto que monumento a la tristeza, es decir en tanto que en ellos se es testigo de los avatares que siguen a la muerte inexplicable de un ser amado. El relato funciona como el inventario de pensamientos oscuros que anteceden a la paz o a la resignación esperada después de una pérdida; y más que nada sobre él levita en él la pregunta esencial, la que es difícil de poner en palabras —y mucho más en palabra escrita—: ¿quién va a querernos así, de esa forma, en el futuro? Sabemos (el narrador también lo sabe), que cuando esos pensamientos atacan lo mejor es disiparlos, remplazarlos por otros. Aunque también sabemos (igual que el narrador) que uno no puede manejar esos pensamientos a voluntad, que "no queda más remedio que soportarlos mientras están y por el interminable lapso que deseen permanecer en nuestra mente". Eludirlos es imposible. De modo que Plaza Irlanda hace de su base los pensamientos inevitables. El narrador se entrega libremente a ellos con la esperanza de que lo abandonen de una vez para poder hacer lo único que queda por hacer en esos casos, es decir, seguir viviendo. Enumerar los avatares que siguen al accidente podría resultar tan tedioso como el anecdotario de un padre primerizo, pero Eduardo Muslip saber separar lo bueno y lo barato para que sobre el tamiz sólo quede la tristeza ejemplar y única, la tristeza absoluta. La vivencia calcada del dolor que no se vanagloria y mucho menos se regocija de su ser, sino que, por el contrario intenta eludirse, cambiando de tema, pasando a otra cosa. El relato incluye a su vez una zona que bien hubiese podido constituir, por sí sola, otra novela. Un microrrelato en el que se habla de la pérdida irremediable de los recuerdos y la aparición, a su vez, de cosas que no tienen nada que ver con el recuerdo buscado.

Además de "Plaza Irlanda", el libro incluye tres relatos más: en "Los pájaros", el narrador recibe una visita inesperada, erótica y fugaz; en "El dibujo en el agua", dos mujeres, inmigrantes en Nueva York, entran en relación y luego y se pierden "como figuras en el agua"; en "La vida perdurable", un hombre recorre la ciudad de Mendoza poco antes de emprender su vuelta a Buenos Aires. En cada una de las narraciones, el tono y la "mecánica" y la idea de la desaparición y el amor siguen presentes. Pero una pregunta queda flotando en el aire: ¿qué hacía esa mujer, ese día, en Plaza Irlanda?